Comentario Nº 99, 15 de octubre de 2002
La guerra Estados Unidos-Iraq, desde el punto de vista de la longue durée
¿Qué se puede decir de una guerra Estados Unidos-Iraq, desde el punto de vista de la longue durée? Principalmente, tres cosas. La primera tiene que ver con las razones por las que Estados Unidos está adoptando en este momento la posición que está adoptando. Tenemos que pensar en Estados Unidos como potencia hegemónica en el sistema-mundo, en la fase inicial de su declive. Su ascenso comenzó aproximadamente en 1873, cuando se situó como una de las dos posibles potencias sucesoras (la otra era Alemania) de Gran Bretaña, que había dejado atrás su momento cumbre e iniciaba su declive como potencia hegemónica.
El largo ascenso de Estados Unidos se produjo entre 1873 y 1945, y su culminación requirió derrotar a Alemania en una larga "guerra de treinta años" que duró desde 1914 hasta 1945. Le siguió la breve fase de auténtica hegemonía, entre 1945 y 1970. Durante ese período Estados Unidos fue de lejos el productor más eficiente en la escena económica mundial. Dominaba el mundo políticamente, mediante un acuerdo de status quo con su único rival militar, la URSS (al que nos solemos referir metafóricamente como el acuerdo de Yalta), y una serie de alianzas político-militares (OTAN, el tratado de defensa USA-Japón, ANZAC), que garantizaban a Estados Unidos el apoyo automático militar y político de una serie de importantes potencias industriales. Su hegemonía se sustentaba en una máquina militar estadounidense basada en la potencia aérea y las armas nucleares (combinadas con el "equilibrio del terror" con la Unión Soviética).
Esa situación de dominio tranquilo se modificó ante todo por dos cosas. La primera fue el ascenso económico de Europa occidental y Japón durante la década de 1960, que puso fin a la abrumadora superioridad económica de Estados Unidos y transformó el sistema-mundo en una estructura económica aproximadamente triangular. La segunda fue el rechazo de ciertos países del Tercer Mundo a aceptar las implicaciones de los acuerdos de status quo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, especialmente China, Vietnam y Cuba.
La combinación del inicio de una fase-B de Kondratieff (consecuencia en gran medida del ascenso económico de Europa occidental y Japón, y por tanto de menores ganancias monopolistas), la guerra de Vietnam (que también condujo a desvincular el dólar del oro, y que acabó con una derrota), y la revolución mundial de 1968 (que entre otras cosas socavó la legitimidad del acuerdo de Yalta) señaló el comienzo del fin de la capacidad de Estados Unidos para mantener en vigor su versión del orden mundial en la arena geopolítica.
La historia de Estados Unidos desde 1970 hasta hoy día es la de la lucha por frenar su declive geopolítico en el contexto de un estancamiento económico a escala mundial: la Comisión Trilateral y el G-7 (como forma de inducir a Europa occidental y Japón a no alejarse demasiado rápidamente del control estadounidense), el Consenso de Washington y el neoliberalismo (como formas de obstaculizar los avances del Sur), la antiproliferación como doctrina (como forma de retrasar el inevitable declive militar). Si se desea evaluar el alcance de todos esos esfuerzos, habría que decir que obtuvieron a lo más un éxito parcial. Redujeron la velocidad del declive pero no lo interrumpieron, aunque Estados Unidos negara una y otra vez que se estaba produciendo.
¡Entran los halcones! Entre 1941 y 2001 los halcones nunca alcanzaron el poder político en Estados Unidos. Estaban exasperados. Desde el 11-S han conseguido por fin tomar las riendas del poder en Washington. Según su visión del mundo el declive era real, pero se debía a la falta de voluntad y a las equivocadas políticas del gobierno estadounidense (de todos los gobiernos de Estados Unidos desde Roosevelt hasta el actual presidente antes del 11-S.). Creen que el poder potencial estadounidense es invencible con tal que se ejerza efectivamente. No son unilateralistas a falta de otra cosa, sino unilateralistas de corazón. Creen que el unilateralismo constituye de por sí una demostración y un reforzamiento del poder.
La segunda cosa que está ocurriendo es la lucha Norte-Sur, que constituirá un foco importante de conflicto en el mundo en los próximos 25-50 años. Desde el punto de vista del Sur hay varias formas diferentes de llevar a cabo esa lucha. Una de ellas es la confrontación militar, y ese es el camino que ha elegido Saddam Hussein. El razonamiento que hay tras esa posición es de tipo bismarckiano: sólo si el Sur consigue una mayor unidad política y una mayor fuerza militar real podrá conseguir la parte que le corresponde en los recursos del mundo. Su estrategia geopolítica se construye sobre esas premisas; de ahí que Saddam Hussein haya pretendido siempre una mayor unidad árabe (en torno a él como líder, por supuesto) y la obtención de las llamadas armas de destrucción masiva. Así pues, todo lo que los halcones dicen de él es cierto, excepto una cosa: que es un tipo temerario, y que es probable que utilice pronto esas armas. Todo lo contrario. Se ha mostrado relativamente prudente, como un meticuloso jugador de ajedrez, dispuesto a hacer movimientos atrevidos (y a echarse luego atrás, si se demuestra que son errores o que lo sitúan en una posición bloqueada).
Personalmente me parece un dictador terrible, y no creo en sus virtudes. Pero no veo razones para creer que pueda utilizar las armas de destrucción masiva más rápida o imprudentemente que Estados Unidos o Israel (o cualquier otra potencia que las posea, por decirlo de una vez). Tampoco creo que a medio plazo se pueda detener la proliferación. Y no estoy nada seguro de que el mundo fuera más pacífico si se consiguiera detenerla. El hecho de que la Unión Soviética poseyera la bomba de hidrógeno explica en gran medida que la guerra fría fuera fría. Entre 1945 y el momento actual hemos pasado de uno a ocho poseedores conocidos de armas nucleares, y habrá otra veintena en los próximos veinticinco años. Iraq sea será uno de ellos, con o sin Saddam Hussein.
La tercera tendencia estructural a tener en cuenta para evaluar la actual situación es el ascenso económico y las vacilaciones geopolíticas de Europa occidental y Japón. Ya no dependen económicamente de Estados Unidos, cada vez están más irritadas con el unilateralismo estadounidense e incómodas por su arrogancia cultural, pero siguen vacilando en cuanto a emprender acciones que pudieran ofender profundamente a Estados Unidos. Así pues, su papel actual en la escena mundial es considerablemente tímido en casi todas las cuestiones. Esto es en parte herencia de los agradecimientos de la guerra fría, en parte consecuencia de compartir algunos intereses geopolíticos comunes al Norte, y en parte una cuestión generacional (los jóvenes son menos pusilánimes). Esas vacilaciones no durarán eternamente; en 2010 habrán desaparecido del todo. Pero por el momento todavía operan y explican sus actuales posiciones.
Juntando esas tres realidades –el hecho de que los halcones no están dispuestos a discutir, el hecho de que el Sur está efectivamente tratando de reforzarse militarmente, y el hecho de que Europa y Japón no quieren todavía actuar como protagonistas en la escena– cualquiera puede analizar e incluso predecir los acontecimientos probables (y cada vez más amenazantes) en la actual escena mundial.
Immanuel Wallerstein (15 de octubre de 2002).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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